El llamado «Proceso de Bolonia» no es la panacea competitiva y modernizadora que vende la Unión Europea. No cabe duda de que en torno a él no ha habido un debate extendido y abierto, como hubiera sido deseable. Como decía hace unos días el rector de la Universidad de Valencia, las gobiernos de la Unión no han hecho mucho esfuerzo por facilitar la información y fomentar el debate. Sin embargo, tampoco lo ha hecho la «comunidad universitaria», que sólo se empezó a movilizar hace un par de años, ¡siete después de la reunión de Bolonia!, cuando algunas universidades españolas llevaban ya años ensayando la «convergencia europea», que por supuesto era ya una realidad consolidada en otros países.
Tal como se dijo en su nacimiento -en 1999-, Bolonia pretendía ser una hoja de ruta que hiciera a las universidades europeas más competitivas -algo que a todas luces necesitan- y uniformes. Por decirlo en la terminología europeísta, Bolonia venía a ser la «unión del conocimiento»; el ECTS, el Euro universitario. Pues bien, lo que más llamativo me está resultando de la reciente oleada de protestas es que nadie parece oponerse a ese objetivo. A nadie le parece mal la unión universitaria europea, el fin más claro y prístino de los establecidos en Bolonia.
Las protestas, al contrario, se centran en lo tangente, cuando no en lo imaginario. No he oído ninguna queja con fundamento sobre la nueva disposición de las carreras en títulos de grado. Los licenciados se quejan de la eliminación de las licenciaturas. Los diplomados, de la supresión de las diplomaturas. Muchos profesores, de la desaparición o la merma que sus disciplinas van a sufrir. Es decir, nadie parece dispuesto a atacar la naturaleza del nuevo sistema de grados, sino, más bien, a defender su terruño. Mal vamos.
La segunda queja es una bestial exageración. Que Bolonia vaya a vender la universidad al capital -como afirman multitud de panfletos y pintadas- o que sólo sirva para la «producción de conocimientos para la industria y la banca» -como afirmaba hace unos días, en El País, José Luís Pardo-, es algo que nadie se ha tomado la molestia de demostrar, lo que resulta alarmante. Por supuesto, como dice Micora, oponer tajantemente el mundo empresarial y el universitario es absurdo. Al fin y al cabo, ¿para qué diablos estudia la gente una carrera, si no es para optar después a un buen empleo? La Universidad no debe perder su independencia ni su empeño reflexivo y crítico, y a poco que ofrezca una formación de calidad no lo perderá; pero, a mi modo de ver, debería poner buena parte de su atención en producir titulados que se puedan incorporar rápidamente al mercado laboral. Ser inútil a las empresas no es el camino más razonable.
Otra acusación no demostrada es esa que afirma que con el ECTS será imposible estudiar y trabajar al mismo tiempo, algo que es directamente falso. Este sistema de trabajo -sobre el que he leído barbaridades- no nace de la nada, sino que es el que se viene usando en buena parte de Europa y en Estados Unidos. No supone una mayor cantidad de trabajo, como suele decirse, sino más bien un cambio en la organización del mismo. Requiere un alumnado más activo y participante, y un trabajo más repartido a lo largo de todo el curso y no «concentrado» en la época de exámenes. Puede que para muchos esto se traduzca efectivamente en más trabajo, pero aprobar asignaturas sin casi ir a clase dedicándoles sólo un par de semanas de estudio intensivo tampoco es el camino.
El asunto de los Másteres Oficiales es más controvertido, y la sustitución de las becas por préstamos (en muy buenas condiciones, eso sí) es un motivo de protesta bastante más razonable. Sin embargo, dicha medida no debería ser directamente achacable a Bolonia, que establece la estructura Grado-Máster-Doctorado pero no dicta reglas para su implantación, y mucho menos directrices sobre becas y ayudas. Si a alguien hay que quejarse de esto, pues, es a nuestro Gobierno, pequeño matiz que, de tenerse en cuenta, estropearía más de una pancarta.
En resumen: el objetivo de unificar las titulaciones europeas me parece estupendo; el nuevo sistema de aprendizaje basado en el ECTS me gusta mucho más que el antiguo, y esto, aunque reconozco que es sólo una opinión, lo digo después de haberlo practicado durante casi cinco años; y aunque me opondría enérgicamente a la privatización de la universidad, me parece que permitir la entrada de la financiación privada y la cooperación con las empresas es algo sustancialmente diferente de privatizarla.